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Borro un párrafo entero de la novela que llevo años escribiendo y que tengo que terminar antes de mayo: Miras al reloj de la pared y te angustian sus siete y cuarto de la mañana, porque a esta hora ya no tienes excusas para ser un prófugo del ritmo cotidiano de afuera, porque las horas decentes para amanecer lo ponen todo en su sitio y dejan fuera de lugar lo que no lo tuvo, porque imponen su silencio en el maldito juego de las sillas musicales que te deja sin asiento, retira la silla de plástico debajo de ti y te tira al suelo. Y escribo aquí como si continuara mientras el editor de texto con el resto me espera abierto en otra ventana, a la que no sé si voy a encaramarme o desde la que voy a saltar. Me acuerdo de algo que hice esta semana: Antes de acudir a mi cita con Bruce LaBruce eché un vistazo a su página de MySpace para descubrir a qué clase de gente le gustaría conocer: Hermosos perdedores, agitadores maoístas, agentes provocadores, chaperos, punks anarquistas, abogados del diablo, pederastas, mujeres perdidas, visionarios, vanguardistas, profetas, poetas, advenedizos, bon vivants, negros estrellas porno, portorriqueños estrellas porno, amputados, dandies, lesbianas separatistas, casanovas, don juanes, omnívoros, pesimistas, introvertidos, pervertidos o mariquitas. Estoy cansado de escribir de memoria. De no estar en las listas. De acordarme del alcohol como de unas vacaciones en amnesia. De llevar ya casi un mes sin perder el control. Prometo solucionarme en estos días.
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